Andrea no bajaba la mirada. Sus ojos ya no seguían las palabras que decíamos Jesi y yo. La conversación previa había pasado a segundo plano, ahora el cerebro luchaba por la coherencia de lo que habíamos estado discutiendo y por lo que comenzaba a intensificarse a nuestro alrededor, mientras yo sólo me limitaba a ver más allá de lo que mi posición física me permitía observar, y con un tic nervioso tomada de lo que quedaba de mi bebida.
En una tarde de viernes en un remoto café de la ciudad, el panorama suave y tranquilo, se transformó en meseros corriendo de un lado a otro con una agonía y desesperación my visible en su rostro. Iban y venían, mientras nosotras captábamos algunas palabras de las indicaciones que daban por teléfono “sí, está inconsciente, está dentro del baño de caballeros, por favor vengan pronto” Tras esto bastaron pocos minutos para que las ambulancias, patrullas y bomberos también se sumaban a la escena.
Por una extraña razón me sentí en un set de filmación esperando que el director dijera “corte, queda” pero no, nadie daba instrucciones, y por ende la curiosidad no solo de nosotras sino de los demás comensales crecía con rapidez. Si me hubieses inclinado unos cuantos grados hacia al frente, hubieses podido haber tenido una mejor vista de la acción, pero mi mala relación con la sangre y mis nulas ganas de verla al rojo vivo me mantuvieron con una mirada fija sobre la pared, y de vez en cuanto frente al rostro absorto que tenia Andrea, quien tenía la mejor vista y podía narrar lo que sucedía, pero nos limitamos a pedirle mayores detalles.
Llegamos a un punto en el que era imposible seguir una conversación que no fuese paralela con lo que estaba sucediendo. Yo me di por vencida y jugando con los hielos que quedaban de lo que fue mi té helado, veía el reflejo en la pared de las sirenas, y entonces en ese momento me puse a recordar algo de lo que habíamos hablado con anterioridad.
Varios minutos antes de que una persona es estuviese jugándose la vida a menos de 5 metros de distancia nuestra, comentábamos sobre la verdadera razón de hacer ciertas cosas. Cuando te atiborras de actividades que por una razón que no tiene un sentido tan profundo para la vida. Por lo cual nos preguntábamos sobre cuál es realmente el propósito que tenemos en lo que hacemos. Yo no pude dar una respuesta concreta, pero supe en ese momento que los paramédicos, en ese mismo instante podían darse una respuesta, ya que tenían en mente el mantener con vida al individuo a pocos metros de nosotras. Por su parte, quedaba en duda si el propósito de este fuese el mismo. Lo que puede parecer lógico depende del punto de vista y situación con lo que se vea.
Por último, ya sin nada con que jugar, pues mis hielos se había derretido por completo, nos percatamos que después de varios ruidos y movimientos bruscos, los paramédicos pudieron acomodar al joven en la camilla. Y fue en eses instante donde los oídos tomaron una fuerza biónica para tratar de escuchar el veredicto final, pero yo toda atolondraba entre mis pensamientos y la cantidad de voces que percibía al mismo momento, sólo pude observar y confirmar con las demás que el oficial mostraba una cara de desacuerdo mientras cargaba la evidencia en su mano; una jeringa.
En una tarde de viernes en un remoto café de la ciudad, el panorama suave y tranquilo, se transformó en meseros corriendo de un lado a otro con una agonía y desesperación my visible en su rostro. Iban y venían, mientras nosotras captábamos algunas palabras de las indicaciones que daban por teléfono “sí, está inconsciente, está dentro del baño de caballeros, por favor vengan pronto” Tras esto bastaron pocos minutos para que las ambulancias, patrullas y bomberos también se sumaban a la escena.
Por una extraña razón me sentí en un set de filmación esperando que el director dijera “corte, queda” pero no, nadie daba instrucciones, y por ende la curiosidad no solo de nosotras sino de los demás comensales crecía con rapidez. Si me hubieses inclinado unos cuantos grados hacia al frente, hubieses podido haber tenido una mejor vista de la acción, pero mi mala relación con la sangre y mis nulas ganas de verla al rojo vivo me mantuvieron con una mirada fija sobre la pared, y de vez en cuanto frente al rostro absorto que tenia Andrea, quien tenía la mejor vista y podía narrar lo que sucedía, pero nos limitamos a pedirle mayores detalles.
Llegamos a un punto en el que era imposible seguir una conversación que no fuese paralela con lo que estaba sucediendo. Yo me di por vencida y jugando con los hielos que quedaban de lo que fue mi té helado, veía el reflejo en la pared de las sirenas, y entonces en ese momento me puse a recordar algo de lo que habíamos hablado con anterioridad.
Varios minutos antes de que una persona es estuviese jugándose la vida a menos de 5 metros de distancia nuestra, comentábamos sobre la verdadera razón de hacer ciertas cosas. Cuando te atiborras de actividades que por una razón que no tiene un sentido tan profundo para la vida. Por lo cual nos preguntábamos sobre cuál es realmente el propósito que tenemos en lo que hacemos. Yo no pude dar una respuesta concreta, pero supe en ese momento que los paramédicos, en ese mismo instante podían darse una respuesta, ya que tenían en mente el mantener con vida al individuo a pocos metros de nosotras. Por su parte, quedaba en duda si el propósito de este fuese el mismo. Lo que puede parecer lógico depende del punto de vista y situación con lo que se vea.
Por último, ya sin nada con que jugar, pues mis hielos se había derretido por completo, nos percatamos que después de varios ruidos y movimientos bruscos, los paramédicos pudieron acomodar al joven en la camilla. Y fue en eses instante donde los oídos tomaron una fuerza biónica para tratar de escuchar el veredicto final, pero yo toda atolondraba entre mis pensamientos y la cantidad de voces que percibía al mismo momento, sólo pude observar y confirmar con las demás que el oficial mostraba una cara de desacuerdo mientras cargaba la evidencia en su mano; una jeringa.







