El ingeniero abrió la puerta y me dejó pasar a mí primero.
Días antes, cuando él me dijo que esa cantina era de mala muerte, no había dado significado real de lo que él me quería decir, hasta que por mis propios ojos supe que los escenarios de los filmes de los Almada y Luis de Alba no son inspiración de la nada, sino sacados de un lugar como el Morelias Hilton.
Llegué a la casa del ingeniero desde temprano, según él para poder llegar a nuestro destino a buena hora. El inge como toda una paradoja con pies, salió con su sonrisa impecable llena de quejas por el caluroso día. Yo sólo reía mientras me subía a su camioneta para comenzar el viaje por los lugares bajos de mi ciudad. "No te vengas muy arreglada" fueron las recomendaciones de mi amigo, así que la ropa diseñada para fines de semana en cafés de la zona rosa de la ciudad, fueron cambiados por mis jeans sin olvidar mi sonrisa.
Después de varios minutos al volante y otros tantos en los que el ingeniero recordaba la coordenada exacta de nuestro misteriosos lugar, llegamos sin que a ciencia cierta yo pudiera saber dónde nos encontrábamos, así que siguiéndolo, ingresamos a la cantina donde encontramos una mesa para dos personas, como si el lugar nos estuviera esperando ahí; un poco alejado de los demás, pero con la ubicación exacta para observar todo lo que ocurría; la mesera chimuela portando un mandil color azul muy similar al que usan en las loncherías, los clientes a muy temprana hora del día en el proceso del emborrachamimento, la pareja de novios cachondos, el chico de la barra tratando de limpiar tarros de cerveza con una franela más sucia que la mugre misma, los señores absortos viendo un filme de artes marciales doblado al español.
Una vez acomodados en nuestra exclusiva mesa, el inge no paraba de reír ante mi cara de asombro, la cual tuvo que ser cambiada cuando la mesera, cuyo nombre apodado por mi acompañante no recuerdo, con tono grotesco me preguntó "bien y que te doy te tomar". No pude llegar más allá de ¿tiene agua fresca? cuando con voz burlesca y elevada (aunque para el gusto y experiencia del ingeniero, muy muy sutil) comentó "no mi reina, aquí puro alcohol, así que tengo una yerbabuena muy buena, te traigo una".
Gracias a que el proceso de comunicación entre el ingeniero es fluido con las miradas, entendí que tenía que tomar esa recomentación sin más peros, así que accedí a la oferta.
El ingeniero sólo seguía riéndose e imitando mi expresión, mientras dijo"bien falta música" y señalando una rocola a mi costado, se levantó y con dos pasos llegó hasta esa cajita mágica para seleccionar lo más fino de la barra musical. Mientras, yo observaba el lugar con cuidado; las paredes mal pintadas, los manteles de plástico con diseños florales, los equipales, las carcajadas de los clientes de la mesa anexa, y claro, el viene y va de los señores que frecuentemente se dirigían hacia el baño.
Las yerbabuenas llegaron, la música comenzó y la charla entre el ingeniero y yo iba tomando cada ves más color. La gente llegaba, se iba, gritaba, salía y volvía a entrar. La lluvia llegó, se fue y el teléfono localizado detrás de mí sonaba frecuentemente haciendo que la mesera "amable" se dirigiera corriendo cada vez que salía un ring, ring, ring. Ante semejante escena nos fue imposible al ingeniero y a mí no imaginar a un Bart Simpson detrás de cada llamada haciendo enojar a nuestra anfitriona.
Pasó el tiempo y llegó lo inevitable. El ingeniero acaba de regresar a la mesa después de una de sus múltiples asistencias al WC y comentando "el baño está que da asco", despertó en mi esa sensación desesperante llena de agonía de tener que asistir a "tocador", y por lo visto ahí no había uno, sólo una puerta misteriosa con un sólo letrero Damas/Caballeos, la cual podía ver desde mi lugar, así como al centenar de hombres borrachos dirigirse ahí con paso rápido hacia ella.
Mi expresión fue tétrica, pero el ingeniero la encontró cómica, ya que nunca lo había visto reírse tanto como en esa ocasión. Yo sólo veía fijamente la puerta y a la fila de hombres ingresando a ella. ¿Por qué demonios si decidieron abrir una cantina, no pensaron en dejar un lugar disponible para poner dos baños?. Yo pedía por lo menos ir a un Oxxo o Seven 11, pero según el ingeniero estábamos en el medio de la nada, y ni por más calles que tuviera la ciudad, ese barrio parecía abandonado.
Al seguir viendo mi cara de angustia el ingeniero sólo comentó, "bueno, te puedo acompañar a la puerta para que ninguno de los malandrines te moleste, y si vas a ir, aprovecha ahora, porque después llegarán más". Sí, una vez más lo quería matar con mis propias manos, así que después de recordar a todos los santos y vírgenes, casi al punto de brotar la lágrima, me armé de valor y con paso cauteloso caminé hacia el lugar, volteando a ver cómo el ingeniero se retorcía a carcajada abierta desde su lugar.
La experiencia fue traumática, todo se complicaba, el espacio, el olor, la atmósfera y claro, un clásico decorado con palabras poéticas donde se recuerda a las progenitoras.
Después de unos minutos parecía que el ingeniero seguía riendo, o por lo menos esa misma expresión volvió a poner cuando iba ya de regreso a la mesa. Con mi cara le advertí que mejor guardara silencio. A lo que él respondió con un " ahh vamos te invito un Shot de tequila, te vendrá bien, además ve los precios son una ganga, pide lo que quieras" Mi negativa era rotunda, tomar líquido significaba en un futuro pasar otra vez por la experiencia, pero ya que estaba ahí, en un ambiente tan fílmico onírico, después de varias invitaciones por consumir la bebida nacional, terminé por acceder, y así de un sólo trago y brindando con el inge, todo fue para adentro.
No recuerdo la última vez que tomé tequila, de hecho ni si quiera la última vez que probé alcohol, así que el raspón en la garganta fue fuerte mientras el inge volvía a poner música y me invitaba a corear algo de la selección musical. Sin darme cuenta, yo ya reía a carcajada abierta sintiéndome ya parte del lugar, mientras, el inge pedía más del gran menú pintado sobre la pared, y aunque me insitía en seguirle con la fiesta, mi estómago y cabeza querían dar por cerrada la experiencia.
Llegaron su hermana y cuñado, más cerveza en la mesa, más cigarro de los vecinos de alado, más gente, más murmullos, más música coreada, el ingeniero más sonriente brindando con todos por los buenos tiempos.
El inge ya estaba perdido y yo sólo le observaba su sonrisa de copas de tequila, vodka, cerveza, dos que tres tacos dorados y tostadas, mientras me seguía preguntando ¿ qué hacía yo ahí, y a quién se le ocurrió el nombre de Morelias Hilton para un lugar así?.